Recuerdo haberme sentado bajo este árbol al menos un millón de veces. Invierno, verano, primavera y otoño. No importaba si hacía frío o calor. De hecho, si estaba lloviendo más me gustaba.
Todas las tardes, cuando volvía del colegio a casa, entraba corriendo para que mi madre no me alcanzara a ver. Pero ella lo sabía; sin embargo, se involucraba en mi juego y me hacía creer que, una vez más, yo había ganado y nadie había visto que tiraba el bolso y salía corriendo al parque que estaba al frente.
Eran las cinco de la tarde y estaba lleno de gente. Niños jugando, vendedores de algodón, perros corriendo y ladrando. Siempre era igual, y eso era una de las cosas que más me gustaba. Era mí lugar, mí rincón… mi refugio. Jamás se me ocurrió pensar que alguna tarde de mi vida, alguien o algo me privaría de aquello que era tan mío.
Siempre fui feliz. Mi papá se llamaba Federico y trabajaba en un banco. Alicia, mi mamá, se quedaba en casa y todos los días nos sorprendía con una nueva receta. Agustín y Fernanda eran mis hermanos. Él era el menor y ella la mayor. Yo era la del medio, pero nunca tuve el “síndrome del niño de al medio”. Siempre me sentí tan querida e importante como ellos.
Casi todas las niñas tienen un diario de vida en donde escriben todo lo que les pasa. Yo no. Yo tenía un árbol que sabía todo de mí. Sus raíces eran mis miedos, su tronco eran mis acciones y sus hojas, mis sueños. Una tarde le conté que mis ganas de tener un conejito gris de orejas caídas se había hecho realidad. En ese mismo momento, una hoja se cayó y bajó suavemente hasta llegar a mi mano. Sentí que el árbol me respondía y estaba feliz de que mi sueño se había realizado, y por eso me regalaba una de sus más lindas hojas.
De repente escuché la voz de mamá llamándome: “Amanda, ven a casa a tomar té y comer galletitas”. Yo tomé la hoja con cuidado y me fui. Al llegar, la envolví en un papel y la guarde.
Hoy la tengo a mí lado como uno de los recuerdos más preciados de mi vida. Creo que me queda poco tiempo, pero no tengo miedo, porque he sido la mujer más feliz del mundo; por lo menos así me siento. Estoy acá, donde siempre. Bajo el árbol que me vio crecer y hacer realidad todos mis anhelos. Él me dio todo lo que necesitaba en esa etapa tan mágica como es la niñez y, hoy, quiero que él guarde mi tesoro, porque más que mío, es nuestro.
Todas las tardes, cuando volvía del colegio a casa, entraba corriendo para que mi madre no me alcanzara a ver. Pero ella lo sabía; sin embargo, se involucraba en mi juego y me hacía creer que, una vez más, yo había ganado y nadie había visto que tiraba el bolso y salía corriendo al parque que estaba al frente.
Eran las cinco de la tarde y estaba lleno de gente. Niños jugando, vendedores de algodón, perros corriendo y ladrando. Siempre era igual, y eso era una de las cosas que más me gustaba. Era mí lugar, mí rincón… mi refugio. Jamás se me ocurrió pensar que alguna tarde de mi vida, alguien o algo me privaría de aquello que era tan mío.
Siempre fui feliz. Mi papá se llamaba Federico y trabajaba en un banco. Alicia, mi mamá, se quedaba en casa y todos los días nos sorprendía con una nueva receta. Agustín y Fernanda eran mis hermanos. Él era el menor y ella la mayor. Yo era la del medio, pero nunca tuve el “síndrome del niño de al medio”. Siempre me sentí tan querida e importante como ellos.
Casi todas las niñas tienen un diario de vida en donde escriben todo lo que les pasa. Yo no. Yo tenía un árbol que sabía todo de mí. Sus raíces eran mis miedos, su tronco eran mis acciones y sus hojas, mis sueños. Una tarde le conté que mis ganas de tener un conejito gris de orejas caídas se había hecho realidad. En ese mismo momento, una hoja se cayó y bajó suavemente hasta llegar a mi mano. Sentí que el árbol me respondía y estaba feliz de que mi sueño se había realizado, y por eso me regalaba una de sus más lindas hojas.
De repente escuché la voz de mamá llamándome: “Amanda, ven a casa a tomar té y comer galletitas”. Yo tomé la hoja con cuidado y me fui. Al llegar, la envolví en un papel y la guarde.
Hoy la tengo a mí lado como uno de los recuerdos más preciados de mi vida. Creo que me queda poco tiempo, pero no tengo miedo, porque he sido la mujer más feliz del mundo; por lo menos así me siento. Estoy acá, donde siempre. Bajo el árbol que me vio crecer y hacer realidad todos mis anhelos. Él me dio todo lo que necesitaba en esa etapa tan mágica como es la niñez y, hoy, quiero que él guarde mi tesoro, porque más que mío, es nuestro.
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